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De pumas y canguros

Britain Rugby WCup Australia Argentina

Australia’s James Slipper, makes a run during their Rugby World Cup semifinal match against Argentina at Twickenham Stadium, London, Sunday, Oct. 25, 2015. (AP Photo/Christophe Ena)

¿Quién abre una tienda Kevingston en un distrito como este? –pensó mientras esperaba que Esteban saliera del baño. Es más, ¿quién abre una tienda Kevingston en un país como este?− dijo en voz alta mientras veía su imagen reflejada en el vidrio de la tienda. Su reflejo se confundía con las imágenes de furibundos jugadores de rugby que le mostraban sus dientes rotos, moretones, vendas y rasguños a modo de heridas de guerra. Stickers pegados sin orden aparente le daban la bienvenida a la tienda. Si bien el auge comercial de la ciudad aumentaba la llegada de marcas extranjeras al país, el Rugby no era un deporte popular en Latinoamérica, mucho menos en el Perú. La presencia de esta tienda se debía a un implacable deseo de aprovechar la pobre identidad de personas que cada día buscan sentirse únicos.

Toda la ropa y los accesorios estaban en su lugar. Se podía ver el interior de la tienda: ordenada y limpia, parecía que recién había abierto, sin embargo ya eran cerca de las ocho de la noche.  A esa hora, las tiendas del centro comercial eran saqueadas por compulsivos compradores, solo esta estaba vacía. Desde afuera, Julia solo veía a dos vendedores asomar sus somnolientos ojos encima de un mostrador que imitaba un trozo de madera.

Volteó, dando la espalda a la tienda. Desde esa altura era testigo de la aparición de enormes edificios que daban cuenta del apogeo de la construcción que recién empezaba. Sintió que alguien se acercaba dónde estaba, −por fin –dijo Julia observando a Esteban que, a lo lejos, se acomodaba el pantalón mientras se acercaba. Su expresión de alivio le indicó que era hora de bajar.

Ir al baño se había convertido en una experiencia espiritual para él. No podía defecar en cualquier lugar, pues necesitaba la tranquilidad y el silencio que muy pocos baños públicos le podían ofrecer. Vivir en Chaclacayo y estudiar en Lima lo habían entrenado en el arte de conocer los mejores baños de la ciudad. Por años, investigó mucho y ya tenía sus preferencias en varios distritos, aunque en ocasiones había que improvisar. −Los lugares sagrados son los que están en los últimos pisos de los centros comerciales−lo decía con una simpática mueca mientras arqueaba los ojos como si fuera a revelar un secreto de estado. A medida que desarrollaba su explicación aumentaba el desconcierto en su interlocutor –usualmente, decía, las mejores tiendas están en los primeros pisos ocasionando que las personas pululen eternamente por ahí, cansados, es difícil que tengan la energía suficiente para subir, en conclusión: baños limpios y vacíos solo en los últimos pisos− Si tenía que encontrarse con alguien o hacer algún trámite, esto se condicionaba a la cercanía de estos lugares sagrados, por años sus excrementos estarían repartidos en varios distritos de Lima. Su favorito era el del tercer piso de un centro comercial en San Miguel.

El puma apareció en el piso; al menos, una parte de él. Ella miró fijamente la pieza, la levantó y la observó en su mano: la cabeza y las patas delanteras. La acarició por unos segundos y se preguntó− ¿dónde estará la otra parte? No tardó mucho tiempo en encontrar la otra mitad: las patas traseras y la cola se veían encima del mostrador. Cuando las juntó, un pequeño puma de plástico la miraba con sus ojos amarillos, decidió que sería un buen adorno para su colección.

El canguro, a diferencia del puma, apareció completo sobre la mesa de la cocina. En el marsupio, se asomaba un pequeño bebe canguro. También estaba dividido en dos partes: la cabeza, el torso, las patas delanteras y el marsupio formaban una; las patas traseras y la enorme y poderosa cola, la otra.

Por muchos años, el puma y el canguro permanecieron como figuritas decorativas encima del televisor. Con el tiempo, perdieron la preferencia de Julia conforme ella encontraba otra chuchería que le sirviera de adorno para su departamento.

Los deportes jamás fueron una pasión para ella, nunca celebró el campeonato de su equipo favorito, nunca empezó ni terminó un álbum de figuritas, ni siguió la carrera de un deportista famoso. Tampoco se desveló siguiendo la transmisión en directo de un partido, pelea, juego o lo que se debe seguir para ser calificado de amante de los deportes. Ninguno de los novios que tuvo lo eran. Esto le facilitó la eterna lucha entre las mujeres y los deportes: ningún evento importante coincidió con una gran final y no tuvo que fingir gritar hasta morir por una victoria o consolar un marcador en contra.

Su único contacto con el mundo deportivo eran las actualizaciones de noticias de los diarios a los que estaba suscrita en Facebook. Las actualizaciones llegaban una tras otra, entre fotos de bebes, viajes interminables o presentaciones de libros; se asomaban titulares de los últimos acontecimientos deportivos que algún periodista escogía según la importancia del día. Siguió con la mirada la última actualización –Los secretos de los pumas vs Irlanda, un cruce que se espera desde el sorteo del mundial−,siguió leyendo y se sorprendió que se tratara de un mundial de Rugby y no de futbol, se sorprendió aún más cuando leyó que pumas era como llamaban a la selección Argentina de rugby. No entendió la analogía ni tampoco le interesaba saberlo.

Los pumas y los canguros aparecían bajo cualquier forma perceptible por una conciencia a la que están unidos. Por el momento esto no era así.  Algo de ellos llamaban la atención de Julia, pero todavía no era capaz de aprehender la información que llegaba.

***

Casi dormida, Julia recogió el periódico del patio y lo llevó hasta la sala. Como todos los domingos, ojeaba las secciones sin leerlas del todo. Economía, Clasificados y Deportes eran dejados de lado. Levantó la mirada y miró fijamente hacia el puma y el canguro que permanecían en el mueble del televisor. Sin saber por qué se acercó a verlos. Regresó sobre sus pasos y miró los periódicos que descansaban sobre la mesa; en ellos, se podía leer un pequeño título de la sección deportiva –Hoy, los pumas buscan su pase a la final− tomó la sección y siguió leyendo en silencio −mientras los argentinos está votando por un nuevo presidente,  los pumas se medirán con los Wallabies. El equipo argentino está por conseguir la mayor hazaña: llegar hoy a la final de un Mundial. No le será sencillo enfrentar al mejor: Australia. Aquí, lo que debes de saber para ver…− Inmediatamente después prendió el televisor.

Julia nunca había visto un partido de rugby. Lo observó por un momento sin entender muy bien lo que pasaba. Lo primero que se le vino a la mente fue la forma de los robustos cuerpos de los jugadores. Músculos rocosos que sobresalían del uniforme. Cuerpos cuadrados, cuellos rígidos y  enormes piernas cilíndricas corrían velozmente por la cancha. Caballeros violentos de sangre fría ejecutaban cada jugada previamente concebida, se pasaban el balón con la coordinación que solo se puede conseguir con táctica y práctica. Los jugadores, en algún momento del ataque, terminaban chocando contra el adversario y la elasticidad era probada al escabullirse del contrincante. Toda la potencia muscular se mostraba armoniosamente en la pantalla. Julia movió varias veces la cabeza hipnotizada por los movimientos; sin embargo, todo pasaba muy rápido y pronto perdía la jugada. Se dejó llevar por unos minutos, el partido estaba por terminar. Los pumas chocaban y los canguros no los dejaban pasar.

De pronto, todo se relacionó con la tienda de rugby que vio con Esteban hacía cuatro años. Recordó lo absurdo de la situación y se preguntó si sus muñequitos representaban a los pumas y a los canguros de la televisión.

***

− ¿Qué crees que signifique?− preguntó Julia después de detallar a Esteban todos los eventos sobre los pumas y los canguros. Era una costumbre que, al final del día, los dos conversaran por teléfono. Intercambiaban información sobre lo que les sucedía durante la jornada.

−No sé…dos animales…dos países… y ¿había elecciones en Argentina?− dijo Esteban tratando de relacionar los acontecimientos. Buscaba en una aparente banalidad un pequeño túnel que lo lleve a un significado. Él acortaba un poco más el puente entre nuestra realidad y lo divino.

−El mismo día…. y se van a segunda vuelta… es un día importante para Argentina… dijo Julia, dando frases sueltas y atropellándolas unas con las otras. Le sucedía a menudo cuando una situación le era confusa o, simplemente, no la entendía. Por el momento, los pumas y los canguros no cambiaban nada en su vida o, de repente, no tenían relevancia, salvo ese inquietante interés por su aparición.

− No he ido al baño en una semana− anunció Esteban mientras se dejaba caer en su cama. Lo decía por rutina. Sus movimientos intestinales  acaparaban la mayor parte de su atención. Era casi imposible mantener una conversación con Esteban sin que aparecieran como el tema principal o como un comentario intermitente.

− ¿Otra vez? ¿Qué comiste?− preguntó Julia casi de inmediato, sabía de antemano las costumbres alimenticias de Esteban y el orden de importancia que tenían en su vida diaria. Sin embargo, el balance alimenticio de su amigo no tenía ninguna relevancia para ella.

− Existen eventos que aparecen y desaparecen en el cotidiano, si no toman cierta relevancia todavía, por ahí, más adelante, la tendrán− agregó­ Esteban−, respondió seguro como casi todas las veces que cazaba eventos que no tenían ningún desenlace todavía.

−Debe ser− dijo Julia, suspiró y estiró la cabeza para ver al puma y al canguro que seguían eternos en su sitio.

© Silvana Carrillo

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La parte dura

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Por la voluntad de los pueblos

Me tiene sin cuidado si a alguien se le ocurre leer esto, no es el Lazarillo de Tormes, ni el Guardián entre el centeno. Si esperan una gran obra maestra o un libro que les ordene asesinar a alguien están perdiendo su tiempo, pueden dejar de leer. Escribo por mi voluntad y si eso no es suficiente para ustedes: ¡no me importa!

Ya he tenido suficiente, en estos últimos tres meses, como para pretender agradar al gran auditorio o al gran teatro del mundo o al gran hermano o la voz del destino ¡Olvídenlo! se los digo yo, que soy el protagonista de esta historia.

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